EL OBISPO SALVADO, UN GRAN REIDOR

Cuando se cumplen 200 años del nacimiento del monje benedictino, Lucas José Rosendo Salvado (Riomolinos-Tui, 1 de marzo de 1914), deseo tratar en esta página de una de las cualidades personales más sobresalientes: su excelente buen humor.

 Foto hecha en Roma, en cuyo anverso figura escrito de puño y letra del P. Salvado esta dedicatoria: “A su querida Madre. El Obispo de Puerto-Victoria. Memoria 1865”.

Foto hecha en Roma, en cuyo anverso figura escrito de puño y letra del P. Salvado esta dedicatoria: “A su querida Madre. El Obispo de Puerto-Victoria. Memoria 1865”.

El padre Salvado estuvo siempre impregnado de un sano, inteligente y heroico buen humor que duró hasta el mismo momento de su muerte. Oí contar que poco antes de morir, estando encamado y muy enfermo en una de las celdas del monasterio de San Pablo Extramuros (Roma), se corrió la voz entre los monjes que se hallaba allí el misionero de Australia. El monje Alfredo Ildefonso Schuster, que sería arzobispo de Milán y cardenal, manifestó su interés en visitar al P. Salvado porque se comentaba que era un santo.

El padre Schuster entró en la celda del obispo Salvado, y transcurridos unos momentos, le dijo el evangelizador de los aborígenes australianos: “¿Qué, ya vio al santo?”.

Esto tuvo que ocurrir poco antes de recibir el Viático y la Santa Unción, el 27 de diciembre de 1900. Murió dos días después de una dolencia de estómago, cantando con su voz sonora la Salve y el Magníficat. Tenía 86 años.

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Son muchas las anécdotas que se conocen del P. Salvado, unas escritas por él mismo, otras transmitidas por testigos que las recibieron de los propios protagonistas.

Narra él en su libro “Memorias Históricas sobre la Australia y la misión en Nueva Nursia” (p. 258) que un día se encontró perdido en la selva conduciendo un carro y acompañado por “un gallo, una gallina y un gato”, los bueyes se habían parado “y el de la izquierda volvió la cabeza hacia mí, como para decirme que le indicase la dirección que debíamos tomar. Conocí con esto, que también él había perdido el rastro, y como si hablase a un ente racional, le dije, dirigiéndole la palabra: “Pues amigo, si tú no lo sabes, yo tampoco”, y entre tanto, con el látigo y con la voz les animé a proseguir […]”. Unos pasos más adelante se volvieron a parar los bueyes, y se encontró totalmente desorientado sin saber hacia donde dirigirse. Y añade: “Me arrodillé, y levantando las manos y los ojos al cielo, supliqué al Señor se apiadase de mí y se dignase sacarme de tan crítica situación”.

A continuación una nota al pie de página ofrece esta interesante explicación. “Al padre Salvado, hombre de piedad intensa, vésele siempre buscar en la oración remedio para sus males, solución para sus problemas y consuelo en sus aflicciones. Cuando su choza se convierta en abadía, repetirá con frecuencia a sus monjes: “Mirad: tres PPP mayúsculas, mejor cuatro, son necesarias para todas las empresas: Prudencia, Paciencia, Perseverancia y… Plegaria. Prudencia para empezar. Paciencia para continuar. Perseverancia para terminar, y Plegaria para comenzar, continuar y terminar”.

En verano de 1884 se hallaba en Santiago de Compostela (contaba entonces 70 años), fue invitado por su sobrino Victoriano Comesaña Salvado, catedrático de medicina de la universidad compostelana. La sobrina de Victoriano, Hermógenes Bugarín Comesaña (abuela de Angelita y Daniel Troncoso, de la que tratamos en el boletín núm 105), a petición de los condes de Canillas que querían conservar un recuerdo del prestigioso prelado le sirvió una mañana el chocolate en un pocillo de oro, propiedad de dichos condes. Al verla aparecer, el obispo Salvado exclamó con su tradicional gracejo: “¿Es esa la comida para el pajarito? Isto é demasiado luxo para un pobre frade. Eu quero chocolate en cunca, e con petada”.

El buen humor a los dieciocho o veinte años es una obligación biológica; de los cuarenta a los sesenta, ya requiere un cierto esfuerzo de la voluntad; a los setenta años, mantener el buen humor es un acto de virtud. Cuando esa actitud es sostenida hasta la muerte, con voluntad de olvidarse de la carga de pesadumbre y deterioro físico que nos van dejando los años, se trata de un auténtico milagro.

Realmente, perder el buen humor es una cosa grave. Los años no pasan en balde y dejan arrugas en la vida con arrebatos de mal genio y constantes cabreos. Por eso el buen humor es manifestación externa clara de que hay en el alma una juventud perenne.

El padre Salvado era una persona con tan exquisita amabilidad y una fe tan robusta que constantemente repetía el refrán: “Cuando Dios quiere, a todos vientos llueve”. Se puede afirmar que el obispo y abad de Nueva Nursia era un gran reidor. Esa permanente alegría brotaba de su profunda vida interior, es decir, de su santidad, pues como decía Santa Teresa de Jesús: “Un santo triste es un triste santo”.

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