CLAUSURA DEL AÑO DE LA FE

ABRAHÁN EN EL RETABLO DE LA EXPECTACIÓN DE LA CATEDRAL DE TUI 

           Cerca de la clausura del Año de la Fe que se celebrará el domingo 24 de noviembre, miramos a Abrahán, “nuestro padre en la fe”, que en el camino de los creyentes a lo largo de la historia “ocupa un lugar destacado. En su vida sucede algo desconcertante: Dios le dirige la Palabra, se revela como un Dios que habla y lo llama por su nombre. La fe está vinculada a la escucha. Abrahán no ve a Dios, pero oye su voz. De este modo la fe adquiere un carácter personal. Aquí Dios no se manifiesta como el Dios de un lugar ni tampoco aparece vinculado a un tiempo sagrado determinado, sino como el Dios de una persona, el Dios de Abrahán, Isaac y Jacob, capaz de entrar en contacto con el hombre y establecer una alianza con él” (PAPA FRANCISCO, Enc. Lumen Fidei, n. 8).

            “Abrahán […] saltaba de gozo pensando ver mi día; lo vio y se llenó de alegría” (Jn 8, 56). Según estas palabras salidas de los divinos labios de Jesús, la fe de Abrahán estaba orientada ya a Jesús; en cierto sentido, era una visión anticipada de su misterio. Así lo entiende san Agustín, al afirmar que los patriarcas se salvaron por la fe, pero no la fe en el Cristo ya venido, sino la fe en el Cristo que había de venir, una fe en tensión hacia el acontecimiento futuro de Jesús (cf. citado en Ibid., n. 15, nt. 13).

Abrahán. Retablo de la Expectación (1722)

Abrahán. Retablo de la Expectación (1722)

            Por tanto, la fe cristiana está centrada en Cristo, es confesar que Jesús es el Señor, porque Dios lo ha resucitado de entre los muertos. “Todas las líneas del Antiguo Testamento convergen en Cristo; él es el “sí” definitivo a todas las promesas, el fundamento de nuestro “amén” último a Dios (cf. 2 Co 1, 20). La historia de Jesús es la manifestación plena de la fiabilidad de Dios” (Ibid., n. 15).

            La explicación que hemos espigado hasta aquí de la encíclica del papa Francisco sobre la fe, se puede ver plasmada en el retablo principal de la catedral de Tui, conocido como “Retablo de la Expectación”, ubicado en el brazo sur de la nave central del crucero. Su autor es el tallista redondelano Antonio del Villar, a quien el obispo Ignacio de Arango y Queipo encomendó la obra en 1722, como lo confirman sus armas episcopales que cuelgan de los pilares próximos.

            La temática iconológica de la composición artística se centra, a primera vista, en el misterio de la Encarnación y Redención: en la Virgen de la Esperanza (del Libramiento o de la O), que irradia luz y alegría al mundo con el nacimiento de su Hijo. Sin embargo, el cuadro catequético del retablo es más completo, pues en el cuerpo superior se representa la Creación realizada por la Trinidad Beatísima, situada en el punto más elevado del ático. Esta es la lectura iconológica: Dios, uno y trino, se revela al hombre en la creación (figuras de Adán y Eva, a izquierda y derecha); mientras que Abrahán hace como de intermediario entre el Dios Creador y Cristo Redentor, el Verbo que asume íntegramente la condición humana (medallones de los misterios gozosos del Rosario). En efecto, la figura de Abrahán se halla alineada perpendicularmente con la Trinidad y la Virgen embarazada, en la calle central, justo rompiendo la cornisa que separa los dos cuerpos y dando unidad a la temática de ambos cuerpos.

Dibujo del retablo de la Virgen de la O

Dibujo del retablo de la Virgen de la O

            En resumen, el retablo de la Expectación nos presenta el dinamismo de la fe. Esto es, ante la condescendencia de la divinidad, el ser humano debe corresponder, como Abrahán, comunicándose con la Trinidad que en el Hijo nos ofrece la plenitud personal y la renovación de toda la humanidad. “Sí, la fe es un bien para todos, es un bien común; su luz no luce solo dentro de la Iglesia, no sirve únicamente para construir una ciudad eterna en el más allá; nos ayuda a edificar nuestras sociedades, para que avancen hacia el futuro con esperanza” (Ibid., n. 51).

            El optimismo cristiano es posible. No es un optimismo ingenuo, pues tiene en cuenta la herida infligida a la naturaleza humana por una libertad de elección querida por Dios y mal utilizada por el ser humano con todas las consecuencias desastrosas experimentadas en el devenir histórico.

De ahí la exigencia de la venida del Hijo de Dios en la carne, después de que, de muchas formas y en diversas ocasiones, Dios mismo hubiera intentado demostrar que nos había creado no solamente para que tuviéramos el “ser”, sino también el “bienestar”.

            Esta es la fe cristológica que nos señala el verdadero camino. Aprendamos a creer en Cristo, verdadero Dios y verdadero hombre, y a vivir esta fe a diario en la acción por la paz y en el amor al prójimo.

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