EL BUEN HOSPEDAJE

Isabel Javier Terrón, profesora.

Empezamos el año proponiéndonos revisar cómo había sido nuestra vida de piedad y cómo tratar de conseguir unas metas para acercarnos más a Dios. A lo largo de este mes he pensado, con ilusión, que algún lector podía haber decidido elegir la meta que nos proponíamos: cuidar la Misa dominical y su puntualidad. Esto nos acrecienta la fe porque, cuando cumplimos los Mandamientos, le demostramos al Señor que le queremos. La Misa debe ir muy unida a la Comunión, pues las palabras de Jesús en la Consagración son tajantes: “TOMAD Y COMED todos de Él…”. Lo más normal es que si te invitan a un banquete tomes lo que se te ofrece. Este banquete, que es especial, debemos prepararlo muy bien, ya que a Quien vamos a recibir todo lo merece.

Le recibiremos mejor si, antes de comulgar, recordamos lo que nos enseñaban en los “viejos” catecismos, tan buenos y tan claros. Nos decían que deberíamos tener presente: “Quién viene en el sacramento, a quién viene, cómo viene y con qué fines”. ¿Verdad que cuando vamos a comulgar olvidamos esto y no nos preparamos para recibirle con todo el amor del que somos capaces?

En su libro “Camino de perfección”, Santa Teresa de Jesús trata de enseñar a las carmelitas lo que deben hacer para recibir mejor la comunión. Todo lo que hagamos para prepararnos mejor es seguro que será muy recompensado, pues les dice: ”Para pagarnos es tan mirado, que no hayáis miedo que un alzar de ojos, con acordarnos de Él, deje sin premio”.

Desde luego, no nos damos cuenta de Quién ha llegado a nuestro corazón, pues, si realmente fuese así, no estaríamos tan distraídos cuando vamos a comulgar, y, después de recibirle, no pensamos que llevamos dentro al MAYOR TESORO, al Dios que hizo el cielo y la tierra, y que está esperando que hablemos con Él. ¿Dónde tenemos el corazón? ¿Qué Le decimos? No aprovechamos el tiempo más valioso que tenemos para pedir todo lo que necesitamos. A veces me da la impresión de que es como si abriésemos la puerta a una persona, que está deseando hablar con nosotros, y nosotros casi no le hiciéramos caso.

 Dice la santa castellana a sus hijas: “Mas acabando de recibir al Señor, pues tenéis la misma persona delante, procurad cerrar los ojos del cuerpo y abrid los del alma y miraros el corazón”. También les dice: “Pues si cuando andaba en el mundo de sólo tocar sus ropas sanaba los enfermos, ¿qué hay que dudar que hará milagros estando tan dentro de mí, si tenemos fe y nos dará lo que le pidiéramos pues está en nuestra casa? Y no suele su Majestad pagar mal la posada si le hacen buen hospedaje”.

             ¡Qué bien nos viene recordar estas sabias enseñanzas!

Isabel Javier Terrón

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